Proyecto lombriz: Una historia en cuatro partes.

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Puede que estéis un poco hartos de mis largos proyectos que nunca terminan y de la forma tan caótica en la que suelo publicar últimamente, lo cual es normal. A esto sólo puedo decir que lo siento, y que intentaré enmendarlo, pero lo cierto es que ya advertía en mi primera entrada de que todo lo que aquí podéis leer no son más que los delirios de alguien un poco chalado, así que qué podemos esperar.

Os digo esto porque la historia que ocupará este blog hoy y los próximos tres días no sé muy bien cómo clasificarla. Ni si quiera tiene un nombre decente. En un principio me vino a la cabeza una escena en un baño con una lombriz como protagonista, por eso durante meses en mi ordenador ha habido una carpeta con el nombre “proyecto lombriz”. A partir de ahí pensaba sacar una historia -ya que la escena no me dejaba en paz ni de día ni de noche- que sería un relato corto.

Por suerte o por desgracia se ha ido alargando hasta constar de cuatro partes, y puesto que no es ni una novela corta ni un relato corto –que es lo que yo suelo trabajar- os lo dejo para que vosotros le pongáis el nombre que os apetezca.

Se sitúa en un entorno futurista en el que la humanidad sobrevive a duras penas en un entorno estéril destruido por siglos y siglos de contaminación. No puedo decir nada de la historia, salvo que gira en torno a una sociedad desnaturalizada cuya única preocupación es su propia supervivencia. ¡Espero que os guste!

PARTE I


El despertador sonó a las seis horas treinta minutos exactamente. Albert abrió los ojos de par en par con la vana sensación de que era lunes. Aunque podía no serlo. Levantó la vista hasta el almanaque que colgaba junto a la ventana. Efectivamente, era lunes. Aunque el domingo se había levantado a la misma hora con el mismo sentimiento. De repente Albert se sintió sobrecogido, sin poder decir cuántos días llevaba atrapado en ese día de la semana.

Su vida era un interminable lunes.

Albert miró fijamente la foto de su calendario para olvidar lo que acaba de descubrir. Era un paisaje relajante: ese tipo de vista insulsa e idílica hecha para olvidar. Como ya eran las seis treinta y cinco, se apresuró a levantarse. En su vestidor colgaban todas sus camisas, pantalones, y corbatas del trabajo. Se dirigió a la percha con la ropa del lunes. No se diferenciaba casi en nada al resto: únicamente que había sido lavada, secada, planchada y doblada para ser llevada un lunes.

Cogió el parasol azul, que aunque no le protegía de los rayos UVA con el mismo fervor que el negro, era un poco más alegre. Era un buen complemento para sus nuevas mascarillas. Eran de un tono diferente de blanco, y tenían una sonrisa dibujada con dos grandes dientes asomando. Estaban de oferta en el súper porque nadie las prefería a las clásicas mascarillas blancas. Quiso coger un clavel de la planta que le había regalado su madre y ponérsela en el bolsillo, pero pensó que era excesivo.

Salió a la calle. Lo cierto es que se sintió un poco tonto. Su parasol apenas resaltaba entre la multitud negra, pero se diferenciaba lo bastante como para que se sintiera extraño entre los parasoles negros. Su estúpida sonrisa congelada ante la indiferencia de las personas que le pasaban en su carrera hasta el metro. Se paró ante un pequeño puesto antes de entrar y pidió lo de siempre. Le dio el importe exacto a la dependienta, que sonrió a través del cristal mientras accionaba el mecanismo que le entregaría su vaso. Cuando Albert se incorporó con su desayuno en la mano, la joven ya estaba de espaldas atendiendo a otro cliente. Al menos se había llevado hoy su sonrisa. El señor que iba detrás le gritó que se diera prisa.


En su descanso para el almuerzo, Albert llamó a su madre. Como siempre. La señora Cooper había sido interrumpida en medio de sus quehaceres diarios; como siempre. Tal como solía hacer a esa hora, estaba con sus agujas haciendo punto, y no paró ni siquiera mientras hablaba con su hijo. El punto la mantenía activa y alegre, y la falta de éste en cualquier momento podía hundirla en una profunda depresión.

La señora Cooper no era capaz de mirar a su hijo a la cara sin sus agujas en la mano. Le resultaba insoportable mirar a unos ojos tan parecidos a los de su difunto marido sin que fuera él. Nunca salía a la calle por miedo a encontrarse con alguien con una mirada similar a su Joshep. A veces maldecía el parecido físico entre su hijo y su marido en silencio. Eso era cuando se le acababa el hilo, por supuesto. Hoy, la señora Cooper tenía mucha lana disponible, y sonreía abiertamente.

La breve conversación que interrumpió los quehaceres de la señora Cooper fue interrumpida a su vez por una campana. No era un sonido largo o estridente, simplemente un pequeño y discreto aviso a los trabajadores. Albert y su madre se despidieron mecánicamente, él le dio el último sorbo a su té, tiró los restos del almuerzo, recogió su mesa de trabajo, y salió por el pasillo. Como siempre, Albert estaba al final de la cola. Nunca se apresuraba hasta la habitación del fondo, temiendo que el destino le permitiera estar en un puesto anterior en la cola, lo cual no era su costumbre. Le gustaba estar al final de la cola.

Sarah y Michael sonreían en el primer puesto, que es donde acostumbraban a estar. Samantha, sin embargo, parecía un poco disgustada hoy porque Jane, que no se mantenía dos días seguidos en el mismo lugar, hoy se había plantado la decimoquinta en la cola: justo la marca que SAMANTHA solía ocupar. Todo esto era normal, como la rapidez con la que avanzaba la cola.

Sus compañeros salían del control sujetando el algodón en sus brazos sin demasiado dramatismo. Hoy tocaba el izquierdo. Cuando sólo habían avanzado un poco, una necesidad fisiológica urgente oprimió el vientre de Albert. Este corrió, más aturdido con la insolencia con que su estómago se salía de su ciclo habitual que por el hecho de tener que abandonar la cola. Si fuera posible, tendría unas serias palabras con su colon, pensó.

Al fin terminó en el baño, un poco enfadado con su sistema digestivo. Mataba por desinfectarse las manos, pero la puerta no estaba dispuesta a ceder. Intentó forzar el pestillo hasta que éste se rompió y ya no había forma de abrirlo. La puerta era muy alta para saltarla, el ancho de la abertura inferior demasiado bajo como para arrastrarse bajo la puerta. La zarandeó un poco más y gritó un par de veces. Pero todo el mundo estaba concentrado en la cola de la habitación del fondo.

Se quedó en silencio unos minutos, pensando. Alguien entró en el baño. Albert se sintió aliviado y dispuesto a gritar de nuevo. Tuvo que callarse de golpe cuando percibió una voz de mujer. Era Sarah, susurrando palabras lascivas. El que la acompañaba era Michael. Sarah estaba casada con uno de los directores de la empresa, y era la encargada de recursos humanos.

Albert sintió la necesidad de ser absorbido por la Tierra. Para suplir esta necesidad colocó los pies encima del váter y se agachó para impedir ser visto. Sarah y Michael no se percataron de su presencia. Cerraron la puerta principal del baño y procedieron a tener relaciones sexuales allí mismo.

Veinte minutos después, Albert aún deseaba que se lo tragara la Tierra. Sarah y Michael había recompuesto sus ropas y habían salido del baño, pero Albert no era capaz de moverse. Cuando al fin se decidió a salir (tras otro ruidoso forcejeo), la cola del pasillo había sido atendida y la habitación del fondo estaba cerrada con llave de nuevo. Tras meditarlo un minuto, decidió volver a su mesa sin comentar nada con nadie. Era la primera vez en quince años que se saltaba una dosis, pero por Dios que no había sido culpa suya, se dijo a sí mismo convencido.

Una vez terminó la jornada laboral, Albert se fue de vuelta al metro todavía algo conmovido. Con el familiar vaivén del vagón empezó a relajarse un poco, y cuando pisó de nuevo la calle oscura y neblinosa ya lo había olvidado por completo.

Subió las escaleras en lugar de tomar el ascensor, aunque vivía en un décimo piso. A veces simplemente le apetecía usar sus miembros; a pesar de que para todas las acciones había una máquina que podía hacerlo por él. Le gustaba pensar que era un hombre trabajador por ello. Si no terminaba un informe a tiempo, lo compensaba moviendo sus piernas de vez en cuando. Hoy lo había hecho todo bien, por lo que no entendía qué intentaba sustituir con ese esfuerzo innecesario.

Antes de que pudiera contestarse a sí mismo, la puerta de la chica del noveno A se abrió de golpe. Albert quedó paralizado al instante, mirando sus pupilas dispares. Ella era la razón de que su madre nunca le visitara. La única de todo el edificio que no tenía trabajo, ni vestía de gris, azul y negro, ni usaba mascarillas por la calle –cuando salía. Esa extraña mujer que colgaba macetas llenas de flores de su balcón, y lloraba en voz alta cuando las encontraba muertas al día siguiente.

- ¡Oh, vaya!- Rió brevemente, excesivamente alto para el gusto de Albert.- ¿Tú? Estarás de coña.

-Sí, me gusta caminar de vez en cuando. Por cierto, el presidente de la comunidad mandó ayer una circular, cree que debería retirar el cadáver de su gato del portal. No es un buen lugar para un gato muerto.

-¿Tú?-su risa volvió a inundar el pasillo.- Ah, ya, el gato. No se descompone, ¿no? Eso debería haceros pensar.

-Huele mal.- Albert no podía evitar aferrar su cartera contra su cuerpo, como si temiera que la mujer loca se la quitara en cualquier momento.

-Como todo.- Se quedó un segundo mirando la nada, como si un mosquito invisible revoloteara sobre su nariz. Luego estornudó, bañando a nuestro hombre en gérmenes. -¿Cuándo te has enterado? ¿Por quién? Dudo que la remilgada de tu madre te lo haya dicho.

-Nadie me lo ha dicho. Veo tu gato muerto cada mañana, al entrar en el edificio. También lo veo cuando vuelto todos los días a esta hora.- La mujer soltó otra carcajada, y luego se abrazó como si tuviera frío.

-Ya, mi gato está muerto. Deja de decirlo, no me gusta. Me refiero a lo de la visita: la guerra, el mestizaje –volvió a observar el mosquito invisible, intentó atraparlo con las manos pero parece que falló- ¡Mierda! La enfermedad.

De pronto se oyeron pasos al fondo de la escalera. La vecina del octavo venía casi corriendo. La chica cerró la puerta corriendo, y Albert sólo tuvo tiempo de apartarse al tiempo que la vecina le aporreaba la puerta gritando: “¡Indecente, sinvergüenza! ¡Búscate un trabajo y déjanos vivir!”. Al otro lado de la puerta se oía a la mujer riendo a gritos, y tras una breve pausa comenzó a llorar sonoramente. “Mi pobre gato”, gritaba una y otra vez.

Aquel pequeño contratiempo dejó a Albert algo aturdido, así que decidió relajarse con un buen baño caliente. Sabía que estaba haciendo un gasto de agua innecesario, pero pensó que con aquella caminata lo había compensado. Y allí estaba él, desnudo y tapado hasta la barbilla de agua caliente. Nada disturbaba su claridad dado que el gel que usaba era incoloro, inodoro, y no producía espuma. Nada, menos aquella forma curvilínea que chapoteaba en la superficie. Era una especie de gusano muy fino, casi transparente, y tenía una cabeza gorda en cada extremo que parecían estar olfateando el agua.

Él se asustó sin querer dejarse ser presa del pánico, y empezó a mirar en los alrededores de su bañera el lugar por el que aquel ser podía haber entrado. Su baño no tenía ventanas y no era natural encontrar insectos en ninguna zona de la casa, ya que duras penas sobrevivían en las alcantarillas; por lo que estaba intrigado de cuál podría ser su procedencia. Tras un rato investigando, se le ocurrió que el único lugar del que podía haber salido era su propio cuerpo, y eso le molestó mucho. Se envolvió en su toalla y de dirigió a la cocina, donde cogió un bote de cristal para recoger al animal, y lo dejó en su mesilla de noche.

Para su sorpresa, a la mañana siguiente el animal seguía vivo.

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