Mis tardes de tertulia: From Heaven

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Checking my e-mail, now I realize I’m dead. Never got so many mails from friends. David tells me he would like to see me in his sister’s birthday party, Ben wants to watch a movie with me, Susan wanna tell me something she dind’t have courage to say before; my mum wonders why I kept that fucking job, I was paid so badly…And my wife, she thinks about dead and muder, she believes death penalty is not enough for them. Those terrorrists. Terrorist, what a extrange word to be pronuonced from such sweet lips.

A eternity ago, checking my mail, as usual, I should have been killed. That’s what they paid me for: the lazy tasks of deleting ads and sending randon messages to all that people I knew and I never called to. I went back to work because they tell me it was safe, and I was too lay-back to doubt, so I went in again. It was normal for me not to think what I was told, simply moving mechanically following the stream. That easy death is.

I never heard of a damned second plane, or about Al Quaeda, or about a fucking huge skyscraper with a pudding consistenciy. I only heard the explosions, and only saw the fire. The rest is the task of the world to figure out.

But here I am, or I am not, receving unlimited messages that I can answer not, and people thinking about me instead of my death. Nobody cares how I was dead, only the fact that I’m not alive. So superflous now, I think.

I wish they would write to me before, I when I still existed, though not for them.

Proyecto lombriz: PARTE IV

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PARTE IV

Al cabo de un rato el mundo dejó de dar vueltas alrededor de Albert, y él empezó a mirar lo que tenía a su alrededor. El salpicadero del coche estaba lleno de papeles, recortes de periódicos y hojas viejas y gastadas con números; muchos números y letras sin sentido. Su vecina miraba a la carretera como despistada, a pesar de la gran velocidad a la que conducía.

No sabía qué hacer o decir. El silencio se prolongaba. Creía que le estaban secuestrando. ¿Debería preguntárselo a ella? La policía no creería que él era la víctima. De hecho, él no se sentía como una víctima en absoluto. Todo era tan extraño. Dentro del coche olía como a tierra mojada. Albert tragó saliva y al fin sacó valor para preguntar: “¿qué haces?”.

Una risa estridente y alta le perforó el tímpano un breve segundo, dejando un pitido imaginario dentro de su cabeza como recuerdo. “¡Serás idiota! Te estoy rescatando”. Él no sabía muy bien qué debía contestar, por lo que guardó silencio. Tampoco sabía qué tal era el temperamento de aquella mujer. Mejor no arriesgarse.
Fijó toda su atención en la ventanilla del coche. Poco a poco los altos edificios oscuros dejaron de alinearse a ambos lados de la carretera. La nada –desértica, fría y apabullante- le siguió. Primero una gran explanada, vacía y triste. Ni un solo matorral que pudiera albergar a algún insecto. Estéril la tierra yerta que rodeaba la ciudad.

Unos kilómetros más adelante, conforme las columnas de humo de las fábricas se perdían en el horizonte, empezaron a llegar los árboles. Lo hicieron tímidamente: uno aquí y otro allí. Deshojados, secos y moribundos, desfilaban hacia un bosque sombrío. Ningún pájaro los sobrevolaba y apenas se veían pequeños animales a sus pies. Albert bajó la mirada triste ante la pena con que el mundo se moría a su alrededor.
Apartó la vista de la lejanía un segundo y miró el retrovisor; las luces de la policía les perseguían muy muy lejos, como en otra dimensión. Ante ellos más árboles deshidratados, cada vez más juntos. “Vamos a morir”, no sabía de dónde había salido su voz. De nuevo esa risa histérica. “Si así fuera habrían dejado de perseguirnos”. Giraron bruscamente hacia la derecha y siguieron durante unos minutos el curso de un riachuelo negro y poco caudaloso. Y las luces desaparecieron. “Pronto mandarán a los equipos especiales, será mejor que nos demos prisa”.

Los árboles ya formaban una masa oscura y espesa cuando su vecina bajó la velocidad. El bosque se apiñaba como un animal asustado. El ambiente se hizo frío e inquietante, como si en algún momento algún árbol fuera a ponerse a gritar. Por fin se detuvo el coche y la chica bajó hasta un claro oculto por una pequeña colina. Albert le siguió vacilante.

La chica paró justo en el centro y se volvió para mirar a Albert fijamente. Éste observaba en el suelo unas pequeñas flores lilas. Tenían un color intenso, y parecían vibrar. Sintió el sonido que se producía con cada pequeña sacudida. Como si las flores respiraran, y el insignificante aliento sacudiera el aire a su alrededor. “Son bonitas, ¿verdad?”. “Sí”, se escuchó decir a sí mismo, “es increíble que hayan sobrevivido aquí fuera”.
“¿Lo es?”, preguntó su vecina. Albert levantó la cabeza extrañado por aquella reacción, pero su amiga ya no estaba allí. De la oscuridad del bosque emergieron decenas de ojos brillantes, como los de un felino, que le observaban sin revelarse. Él se volvió asustado y se encontró con la chica de frente. “Si estas flores, y estos árboles, aún viven; ¿por qué nosotros estamos asustados siempre?, ¿por qué la muerte sólo persigue a unos pocos? Te diré una cosa, no me creo eso que nos cuentan”.

“¿A qué te refieres?”

“No me creo nada. Nuestra debilidad no es real, y nuestros miedos son infundados. Nuestros padres no son quienes dicen ser”.

Albert no podía pensar claramente con todos esos ojos acechándole. No podía pensar en nada salvo en árboles muertos, y nubes negras.

“Somos hijos de la guerra, Albert. Una muy grande que hubo hace mucho tiempo. Seres de otro planeta vinieron a por lo que era nuestro, y casi ganan. Duró años y años, y en ese tiempo nuestras razas se mezclaron. Luego ganamos y los visitantes se fueron, dejando tras de sí una generación de bastardos”.

Más ojos aparecían en la frontera entre el claro y el bosque, y Albert no se atrevía ni a respirar. Su vecina se alejó un par de pasos antes de adentrarse en el bosque.

“Los mestizos somos los únicos capaces de adaptarnos. Nosotros sobrevivimos donde otros fallecieron. Somos más fuertes, superiores. Pero ellos nunca nos dejarán en paz. La única forma de sobrevivir es dejarse llevar; ser quienes nacimos”. Y desapareció de su vista.

Inmediatamente después, una decena de criaturas –dueñas de las pupilas indiscretas- salieron de las sombras. Su forma era semi-humana, pero su tono de piel variaba enormemente. Ellos daban color a ese bosque sombrío. Caras grandes y dispares coronadas de ojos de fieras, con extremidades anchas y escamas y texturas que les daban forma en el mundo. Albert se echó atrás asustado, y la voz de su amiga le intentó tranquilizar. No la podía ver entre todas aquellas criaturas.

“Déjate llevar por tu verdadera esencia. Ya no tienes que ser más ese gusano triste metido en una caja de zapatos. Eres una mariposa. Eres lo que quieras ser”. Albert anda perdido entre todos esos rostros inhumanos que le rodean. Algunos vienen a cuatro patas. Todos van desnudos. Sus ojos van de cara en cara buscando a su amiga, pero no la encuentra. Está solo en medio de un bosque muerto y las criaturas que lo pueblan.
Alarga su brazo en un desesperado intento de alcanzarla, pero no la ve. No sabe dónde está. Impotente, las lágrimas empiezan a caerle por la mejilla mientras grita buscándola. Ni siquiera recuerda su nombre. Las bestias se asustan y se alejan, perdiéndose de nuevo en el bosque.


De nuevo está solo, de pie en medio de aquel extraño lugar. Le han rasgado las ropas, y no hay rastro de su amiga. Se mira las manos y ahoga un grito. Su piel ha cambiado de color por completo: las llagas y las escamas se han apoderado de él. Se pasa la mano por la cabeza y observa su pelo castaño que se ha caído. Siente sus músculos estirarse bajo su piel, y los huesos crujir al cambiar de posición. Antes de que quiera darse cuenta está corriendo a cuatro patas, y un grupo de hombres armados le persigue por medio del bosque. Mira al cielo, que está completamente gris por un nubarrón que se acerca.

Sam levantó la vista al cielo gris nada más salir de su apartamento con su traje gris de los viernes. Dio una carrera hasta la boca del metro, donde compró su café de siempre y el periódico oficial del Estado. El tren llegó como siempre puntual. No abrió su ejemplar hasta que no estuvo cómodamente sentado en el vagón, con su café azucarado ya a la mitad. Su taza de plástico cayó al suelo ante la impresión de leer la noticia que abría los titulares aquella mañana: Albert Cornwell hallado muerto en su apartamento a causa de una misteriosa enfermedad. Los tres artículos siguientes analizaban a fondo la importancia de las vacunas para los ciudadanos de a pie.

Proyecto lombriz: PARTE III

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PARTE III

Aunque parecía el hombre de siempre, Albert tenía muy claro que su vida había cambiado. Nadie lo sabía aún. No sólo ignoró a la guapa chica de los desayunos, sino que felicitó de lejos a su compañera Sally, la cumpleañera de la semana. Lo normal en el antiguo Albert habría sido llevarle un postre casero y acompañarla durante el almuerzo. Tampoco llamó a su madre durante el almuerzo. Tenía un terror irracional a ser descubierto, si bien no era demasiado consciente de cuál era su delito exactamente.
Tampoco se quitó la mascarilla por miedo al aspecto de su lengua. No estaba seguro del tiempo que aquella vacuna tendría efecto sobre su organismo. Sus colegas del trabajo, conocedores de su carácter maniático y semi-hipocondríaco, apenas notaron nada extraño en su comportamiento. Sin embargo, Sam, su jefe, parecía tener algunas reticencias sobre su comportamiento. Y le sometió a un pequeño interrogatorio.
Albert se escudó en su mascarilla para ocultar el horror y la inseguridad, y le comentó el incidente del gato muerto en su edificio. “No es que sea posible que el muerto me transmita nada gracias a la labor farmacéutica de la empresa, pero me siento más seguro llevándola”. Sam iba a objetar, pero Sally asentía sonriente a su lado, y justo decidió convertirse en una hipocondríaca más poniéndose su propia mascarilla. “Ya lo dice el Ministerio: las precauciones nunca están de más”. Sam se alejó de ambos sin ocultar su asco por un sistema que le mantenía en la cumbre, por otra parte.
La hora de la vacuna llegó, y Albert decidió quitarse de en medio antes de que todos estuviesen en la cola, dado que ya lo habían visto salir de ella varios días seguidos y alguien podía sospechar. Por supuesto, sabía que al menos uno sospechaba ya. Se encerró en el baño de la tercera planta, que solía estar vacío, para poder examinarse a gusto. Para su disgusto, la vacuna no había tenido tanto efecto como esperaba, y en el espejo sus pupilas empezaban a bailar. Cambiaban de tamaño lentamente según les daba la luz, pero nunca mantenían ambas el mismo tamaño y nunca el cambio era demasiado gradual.
En ese momento Albert fue totalmente consciente de lo que le podría pasar. Nada más se deshizo la cola, a la vez que la practicante de hoy cerraba la puerta con llave, salió al pasillo con el brazo encogido sujetando un falso algodón. Corrió a su mesa, se caló el sombrero y tomó su cartera sin meter todo lo necesario en ella. “Dile a Sam que tengo que irme, ha habido una filtración en casa de mi madre”. No esperó la respuesta de Sally. “Es horrible, espero que…” la atención de Albert ya estaba en el ascensor que acababa de llamar.
En lo que le pareció una eternidad llegó el ascensor. Iba vacío, ya que a esa hora todo el mundo debería estar en su mesa. Presionó el botón con mano firme y esperó tranquilamente, como el que no hace nada ilegal. Al fondo del pasillo se materializó su jefe con semblante preocupado. Aligeró el paso para hablarle antes de que se cerraran las puertas. Albert presionó el botón para cerrar las puertas musitando un “lo siento” que Sam no llegaría a escuchar. Salió deprisa del edificio y corrió al metro. Cuando Sam salió, Albert ya se había perdido entre la multitud. Ya abajo en la estación de metro no se sentía demasiado culpable. Cruzó rápidamente hasta su calle, pero se quedó paralizado en la esquina. Su edificio entero estaba acordonado con cinta amarilla, y las luces de la policía inundaban las fachadas colindantes. Por las insignias de los agentes que merodeaban pidiendo calma a los vecinos, se trataba de una urgencia médica. Albert rezaba para que estuviesen allí por su vecina la loca. Entonces la señora McQueen salió del edificio acompañada de un joven enchaquetado que asentía tras cada frase, y Albert estuvo seguro de que estaban allí por él.
Se giró lo más rápido que pudo, aunque tarde. La cotilla de la señora McQueen era capaz de llevar la conversación con el agente a la vez que su radar de bruja exploraba los alrededores. Apenas tardó unos segundos en registrar su presencia. Lo último que nuestro asustado amigo vio antes de dar media vuelta fue el rechoncho índice de la vecina de enfrente señalándole. No podía ver a los dos o tres agentes que le perseguían, inicialmente a paso ligero. Aún así, sentía la presión de los cuerpos moviéndose rápidamente hacia él, y el pánico de no saber hacia dónde ir. Puesto que lo que necesitaba era confundirse entre el anonimato de la muchedumbre de nuevo, volvió sobre sus pasos hasta la boca del metro.
Albert ya sonreía internamente al ver lo cerca que estaba de ser perdido de vista totalmente, y entró en su estado de calma fingida que le permitía salir de cada apuro, cuando uno de los hombres que le seguían le dio el alto, y otro que iba más atrás alarmó al resto de los viandantes al libre grito de “peligro de infección”. De pronto el mundo dejó de sonreír a Albert, y nunca más pasó desapercibido. Una mujer adorable intentó darle con su bolso, por lo que tuvo que hacer una maniobra evasiva de última hora y girar hacia la línea D que iba a las afueras. Allí un hombre enchaquetado le agarró de la americana obligándole a desprenderse de ella para correr aún más.
Sentía los pasos de los agentes, y las miradas de los viandantes. Muy pocos estaban asustados por el peligro de contagio, sólo querían atraparle. Ya veía la salida de esa vía de metro hacia la calle Victoria, por lo que aligeró el paso aún más, abandonando su maletín en un intento de ganar velocidad. Casi lo había conseguido, cuando una monada rubia con un uniforme de dependienta le cortó el paso. Le rogó que le soltara. La chica no le escuchaba, no hacía más que gritar: “¡he cogido al infectado!”. Era la misma mujer que le servía el desayuno cada mañana, la que le sonrió el lunes.
Era interesante ver cómo la vida había dado semejante vuelco, pensó Albert mientras le arreaba un puñetazo a la linda rubia y salía por la puerta de emergencia. Afuera la ciudad estaba oscura y parecía peligrosa. Apenas circulaban coches por el asfalto, ya que pocos eran los que podían permitirse un vehículo con el aislamiento suficiente para sobrevivir en el exterior. Asustado y desorientado, Albert recorrió varias millas sin sentir demasiado el efecto de la contaminación en sus pulmones.
Sin saber muy bien cómo, llegó a un callejón sin salida apenas demarcado por los restos lumínicos de unas farolas endémicas. Nada más parar, sus glándulas salivares empezaron a trabajar al doble de velocidad mientras su piel transpiraba como por primera vez. Sintió una fuerte arcada seguida de un intenso dolor estomacal, y al instante estaba doblado como una caña; dándole a la calle todo lo que había en sus entrañas. Para su mayor sorpresa y miedo, lo que había vomitado parecía ser los restos mortales de aquel gusano que había estado dos días dentro de un tarro sobre su mesilla.
Sin tiempo para reaccionar ante este extraño hecho, Albert escuchó de nuevo el paso apresurado de los dos agentes, y a los pocos segundos vislumbró sus siluetas al principio de la calle. Si seguía adelante llegaría al fondo de esa calle sin salida, pero para tomar el giro que le llevaría fuera tendría que cruzarse con los dos hombres, que cada vez estaban más cerca. Albert estaba dispuesto a subir las manos y esperar a que lo detuviesen, cuando de pronto una luz apareció por detrás de los policías. Éstos tuvieron que tirarse a la acera para no ser atropellados por el enorme todoterreno que ahora iba hacia Albert. Justo a tiempo las ruedas frenaron, y una de las puertas delanteras se abrió.
Sin saber muy bien qué hacer, Albert se asomó tras el coche para ver qué había sido de los agentes. Se levantaron del suelo tan deprisa que apenas tuvo tiempo de correr hasta la puerta que se acababa de abrir ante él, por lo que tuvo que propinarle un par de patadas a uno de ellos para que le dejara cerrar la puerta bien. En la oscuridad de aquel vehículo desconocido, Albert sintió paz por primera vez en una semana. Hasta que el conductor aceleró, racheó hacia la derecha y salió por la misma calle por la que había venido. Para hacer esto tuvo que atropellar a uno de los hombres, si bien Albert habría usado la marcha atrás para evitarlo. “Al final hemos tenido que huir, los dos. Y todo por tu culpa”. Le dijo su vecina la loca desde el asiento del conductor. “Bueno, si te soy sincera, siempre he querido irme. Pero me daba cosa hacerlo sola. Creo que quería compañía, por lo que ahora no tengo ninguna excusa”.

Su risa desquiciada y chirriante llenó por completo el interior del coche y la cabeza de Albert, que ahora empezaba a marearse.

Proyecto lombriz: Una historia en cuatro partes.

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Puede que estéis un poco hartos de mis largos proyectos que nunca terminan y de la forma tan caótica en la que suelo publicar últimamente, lo cual es normal. A esto sólo puedo decir que lo siento, y que intentaré enmendarlo, pero lo cierto es que ya advertía en mi primera entrada de que todo lo que aquí podéis leer no son más que los delirios de alguien un poco chalado, así que qué podemos esperar.

Os digo esto porque la historia que ocupará este blog hoy y los próximos tres días no sé muy bien cómo clasificarla. Ni si quiera tiene un nombre decente. En un principio me vino a la cabeza una escena en un baño con una lombriz como protagonista, por eso durante meses en mi ordenador ha habido una carpeta con el nombre “proyecto lombriz”. A partir de ahí pensaba sacar una historia -ya que la escena no me dejaba en paz ni de día ni de noche- que sería un relato corto.

Por suerte o por desgracia se ha ido alargando hasta constar de cuatro partes, y puesto que no es ni una novela corta ni un relato corto –que es lo que yo suelo trabajar- os lo dejo para que vosotros le pongáis el nombre que os apetezca.

Se sitúa en un entorno futurista en el que la humanidad sobrevive a duras penas en un entorno estéril destruido por siglos y siglos de contaminación. No puedo decir nada de la historia, salvo que gira en torno a una sociedad desnaturalizada cuya única preocupación es su propia supervivencia. ¡Espero que os guste!

PARTE I


El despertador sonó a las seis horas treinta minutos exactamente. Albert abrió los ojos de par en par con la vana sensación de que era lunes. Aunque podía no serlo. Levantó la vista hasta el almanaque que colgaba junto a la ventana. Efectivamente, era lunes. Aunque el domingo se había levantado a la misma hora con el mismo sentimiento. De repente Albert se sintió sobrecogido, sin poder decir cuántos días llevaba atrapado en ese día de la semana.

Su vida era un interminable lunes.

Albert miró fijamente la foto de su calendario para olvidar lo que acaba de descubrir. Era un paisaje relajante: ese tipo de vista insulsa e idílica hecha para olvidar. Como ya eran las seis treinta y cinco, se apresuró a levantarse. En su vestidor colgaban todas sus camisas, pantalones, y corbatas del trabajo. Se dirigió a la percha con la ropa del lunes. No se diferenciaba casi en nada al resto: únicamente que había sido lavada, secada, planchada y doblada para ser llevada un lunes.

Cogió el parasol azul, que aunque no le protegía de los rayos UVA con el mismo fervor que el negro, era un poco más alegre. Era un buen complemento para sus nuevas mascarillas. Eran de un tono diferente de blanco, y tenían una sonrisa dibujada con dos grandes dientes asomando. Estaban de oferta en el súper porque nadie las prefería a las clásicas mascarillas blancas. Quiso coger un clavel de la planta que le había regalado su madre y ponérsela en el bolsillo, pero pensó que era excesivo.

Salió a la calle. Lo cierto es que se sintió un poco tonto. Su parasol apenas resaltaba entre la multitud negra, pero se diferenciaba lo bastante como para que se sintiera extraño entre los parasoles negros. Su estúpida sonrisa congelada ante la indiferencia de las personas que le pasaban en su carrera hasta el metro. Se paró ante un pequeño puesto antes de entrar y pidió lo de siempre. Le dio el importe exacto a la dependienta, que sonrió a través del cristal mientras accionaba el mecanismo que le entregaría su vaso. Cuando Albert se incorporó con su desayuno en la mano, la joven ya estaba de espaldas atendiendo a otro cliente. Al menos se había llevado hoy su sonrisa. El señor que iba detrás le gritó que se diera prisa.


En su descanso para el almuerzo, Albert llamó a su madre. Como siempre. La señora Cooper había sido interrumpida en medio de sus quehaceres diarios; como siempre. Tal como solía hacer a esa hora, estaba con sus agujas haciendo punto, y no paró ni siquiera mientras hablaba con su hijo. El punto la mantenía activa y alegre, y la falta de éste en cualquier momento podía hundirla en una profunda depresión.

La señora Cooper no era capaz de mirar a su hijo a la cara sin sus agujas en la mano. Le resultaba insoportable mirar a unos ojos tan parecidos a los de su difunto marido sin que fuera él. Nunca salía a la calle por miedo a encontrarse con alguien con una mirada similar a su Joshep. A veces maldecía el parecido físico entre su hijo y su marido en silencio. Eso era cuando se le acababa el hilo, por supuesto. Hoy, la señora Cooper tenía mucha lana disponible, y sonreía abiertamente.

La breve conversación que interrumpió los quehaceres de la señora Cooper fue interrumpida a su vez por una campana. No era un sonido largo o estridente, simplemente un pequeño y discreto aviso a los trabajadores. Albert y su madre se despidieron mecánicamente, él le dio el último sorbo a su té, tiró los restos del almuerzo, recogió su mesa de trabajo, y salió por el pasillo. Como siempre, Albert estaba al final de la cola. Nunca se apresuraba hasta la habitación del fondo, temiendo que el destino le permitiera estar en un puesto anterior en la cola, lo cual no era su costumbre. Le gustaba estar al final de la cola.

Sarah y Michael sonreían en el primer puesto, que es donde acostumbraban a estar. Samantha, sin embargo, parecía un poco disgustada hoy porque Jane, que no se mantenía dos días seguidos en el mismo lugar, hoy se había plantado la decimoquinta en la cola: justo la marca que SAMANTHA solía ocupar. Todo esto era normal, como la rapidez con la que avanzaba la cola.

Sus compañeros salían del control sujetando el algodón en sus brazos sin demasiado dramatismo. Hoy tocaba el izquierdo. Cuando sólo habían avanzado un poco, una necesidad fisiológica urgente oprimió el vientre de Albert. Este corrió, más aturdido con la insolencia con que su estómago se salía de su ciclo habitual que por el hecho de tener que abandonar la cola. Si fuera posible, tendría unas serias palabras con su colon, pensó.

Al fin terminó en el baño, un poco enfadado con su sistema digestivo. Mataba por desinfectarse las manos, pero la puerta no estaba dispuesta a ceder. Intentó forzar el pestillo hasta que éste se rompió y ya no había forma de abrirlo. La puerta era muy alta para saltarla, el ancho de la abertura inferior demasiado bajo como para arrastrarse bajo la puerta. La zarandeó un poco más y gritó un par de veces. Pero todo el mundo estaba concentrado en la cola de la habitación del fondo.

Se quedó en silencio unos minutos, pensando. Alguien entró en el baño. Albert se sintió aliviado y dispuesto a gritar de nuevo. Tuvo que callarse de golpe cuando percibió una voz de mujer. Era Sarah, susurrando palabras lascivas. El que la acompañaba era Michael. Sarah estaba casada con uno de los directores de la empresa, y era la encargada de recursos humanos.

Albert sintió la necesidad de ser absorbido por la Tierra. Para suplir esta necesidad colocó los pies encima del váter y se agachó para impedir ser visto. Sarah y Michael no se percataron de su presencia. Cerraron la puerta principal del baño y procedieron a tener relaciones sexuales allí mismo.

Veinte minutos después, Albert aún deseaba que se lo tragara la Tierra. Sarah y Michael había recompuesto sus ropas y habían salido del baño, pero Albert no era capaz de moverse. Cuando al fin se decidió a salir (tras otro ruidoso forcejeo), la cola del pasillo había sido atendida y la habitación del fondo estaba cerrada con llave de nuevo. Tras meditarlo un minuto, decidió volver a su mesa sin comentar nada con nadie. Era la primera vez en quince años que se saltaba una dosis, pero por Dios que no había sido culpa suya, se dijo a sí mismo convencido.

Una vez terminó la jornada laboral, Albert se fue de vuelta al metro todavía algo conmovido. Con el familiar vaivén del vagón empezó a relajarse un poco, y cuando pisó de nuevo la calle oscura y neblinosa ya lo había olvidado por completo.

Subió las escaleras en lugar de tomar el ascensor, aunque vivía en un décimo piso. A veces simplemente le apetecía usar sus miembros; a pesar de que para todas las acciones había una máquina que podía hacerlo por él. Le gustaba pensar que era un hombre trabajador por ello. Si no terminaba un informe a tiempo, lo compensaba moviendo sus piernas de vez en cuando. Hoy lo había hecho todo bien, por lo que no entendía qué intentaba sustituir con ese esfuerzo innecesario.

Antes de que pudiera contestarse a sí mismo, la puerta de la chica del noveno A se abrió de golpe. Albert quedó paralizado al instante, mirando sus pupilas dispares. Ella era la razón de que su madre nunca le visitara. La única de todo el edificio que no tenía trabajo, ni vestía de gris, azul y negro, ni usaba mascarillas por la calle –cuando salía. Esa extraña mujer que colgaba macetas llenas de flores de su balcón, y lloraba en voz alta cuando las encontraba muertas al día siguiente.

- ¡Oh, vaya!- Rió brevemente, excesivamente alto para el gusto de Albert.- ¿Tú? Estarás de coña.

-Sí, me gusta caminar de vez en cuando. Por cierto, el presidente de la comunidad mandó ayer una circular, cree que debería retirar el cadáver de su gato del portal. No es un buen lugar para un gato muerto.

-¿Tú?-su risa volvió a inundar el pasillo.- Ah, ya, el gato. No se descompone, ¿no? Eso debería haceros pensar.

-Huele mal.- Albert no podía evitar aferrar su cartera contra su cuerpo, como si temiera que la mujer loca se la quitara en cualquier momento.

-Como todo.- Se quedó un segundo mirando la nada, como si un mosquito invisible revoloteara sobre su nariz. Luego estornudó, bañando a nuestro hombre en gérmenes. -¿Cuándo te has enterado? ¿Por quién? Dudo que la remilgada de tu madre te lo haya dicho.

-Nadie me lo ha dicho. Veo tu gato muerto cada mañana, al entrar en el edificio. También lo veo cuando vuelto todos los días a esta hora.- La mujer soltó otra carcajada, y luego se abrazó como si tuviera frío.

-Ya, mi gato está muerto. Deja de decirlo, no me gusta. Me refiero a lo de la visita: la guerra, el mestizaje –volvió a observar el mosquito invisible, intentó atraparlo con las manos pero parece que falló- ¡Mierda! La enfermedad.

De pronto se oyeron pasos al fondo de la escalera. La vecina del octavo venía casi corriendo. La chica cerró la puerta corriendo, y Albert sólo tuvo tiempo de apartarse al tiempo que la vecina le aporreaba la puerta gritando: “¡Indecente, sinvergüenza! ¡Búscate un trabajo y déjanos vivir!”. Al otro lado de la puerta se oía a la mujer riendo a gritos, y tras una breve pausa comenzó a llorar sonoramente. “Mi pobre gato”, gritaba una y otra vez.

Aquel pequeño contratiempo dejó a Albert algo aturdido, así que decidió relajarse con un buen baño caliente. Sabía que estaba haciendo un gasto de agua innecesario, pero pensó que con aquella caminata lo había compensado. Y allí estaba él, desnudo y tapado hasta la barbilla de agua caliente. Nada disturbaba su claridad dado que el gel que usaba era incoloro, inodoro, y no producía espuma. Nada, menos aquella forma curvilínea que chapoteaba en la superficie. Era una especie de gusano muy fino, casi transparente, y tenía una cabeza gorda en cada extremo que parecían estar olfateando el agua.

Él se asustó sin querer dejarse ser presa del pánico, y empezó a mirar en los alrededores de su bañera el lugar por el que aquel ser podía haber entrado. Su baño no tenía ventanas y no era natural encontrar insectos en ninguna zona de la casa, ya que duras penas sobrevivían en las alcantarillas; por lo que estaba intrigado de cuál podría ser su procedencia. Tras un rato investigando, se le ocurrió que el único lugar del que podía haber salido era su propio cuerpo, y eso le molestó mucho. Se envolvió en su toalla y de dirigió a la cocina, donde cogió un bote de cristal para recoger al animal, y lo dejó en su mesilla de noche.

Para su sorpresa, a la mañana siguiente el animal seguía vivo.

Mis tardes de tertulia: días de la semana

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Su mujer era amable y cariñosa, llena de vida y alegría que repartía sin miramientos a todo aquel que no se lo pidiera. Por eso habían conectado tan bien desde le principio. Ella iluminaba esa parte oscura suya que luchaba por dominarle. Alumbraba las sombras que le asustaban y el mundo se presentaba claro e inocente, como cuando lo ves por primera vez. Él pensaba esto mientras remoloneaba en la cama. Era miércoles. No podía olvidar el día en que vivía aunque lo intentara.

Ella se despertó de repente, como en medio de un sueño. Corrió apresuradamente al baño tras darle un beso, y volvió con el pelo recogido. “Tengo un vestido nuevo”, le dijo, “ya verás qué bonito”. Era azul, de vuelo, y le hacía unas caderas muy bonitas. “Qué bien te queda”, le contestó él, “eres mi princesa azul”. Se abrazaron.

Tras el desayuno ella se fue al parque, sola. Los miércoles no trabajba. Después de compras al centro comercial y para terminar a ver una película. Una infantil, siempre. Volvió a casa llorando, se encerró en el baño durante una hora.

Él forzó la puerta y la encontró sentada bajo la ducha, llorando.Agua sobre azul que contaba de la pena de su alma. Azul que lloraba. En su mano una cuchilla. Todos lo miércoles tenía el mismo dilema, pero nunca se atrevía a quitarse la vida. “No puedo soportarlo más”, le dijo apagando el grifo, “o lo superas de una vez o yo me marcho”. “¿Cómo puedes decir eso, cabronazo?, ¿superarlo YA? ¡Mi hijo acaba de morir!” Y lo gritos se hacían inentendibles por el llanto. La rabia parecía ponerles una mordaza que les impedía decir claramente lo que sentían, y un grueso muro de cristal se alzaba entre marido y mujer.

Repetían la misma discusión cada miércoles. Desde hacía seis años. Pero él no estaba loco, se limitaba a seguirle el juego a ella, para no hacerle más daño. Él no era como ella, hacía tiempo que había superado la muerte de Iván. No quería que estuviese muerto, pero revivirle una vez por semana era desgrarrador y agotador para su corazón. Así que el jueves ella se levantó como si nada hubiera pasado. Él ya no estaba. El miércoles siguiente ella estaba ingresada en un centro psiquiátrico.

Ese mismo día él se levantó en la habitación de un hotel lejano. Se despertó muy lentamente, pensando en ella. Tras eso no pasó nada. Un tic extraño se alojó en su ojo derecho, que no podía parar de guiñar. Se puso frente al espejo del baño, consternado. En su expresión se dibujaban claramente todas las dudas de su alma. Con un gran esfuerzo logró cerrar los ojos, abrirlos lentamente, volver a cerrarlos… y el tic despareció. Quiso sonreír, y decir alguna palabra de alivio en voz alta, pero en lugar de eso resonó en la pequeña habitación un extraño hablando: “qué bien te queda, eres mi princesa azul”.

Otra reflexión absurda

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La vida es un examen para el que ninguno de nosotros está preparado. Hacemos lo que podemos pero nunca es suficiente.

Algunos afortunados se quedan contentos con sus respuestas. Las escriben en orden y a tiempo y pueden permitirse el lujo de esperar pacientemente a que pasen los últimos minutos mientras repasan mentalmente todo lo dicho.

La mayoría nos quedamos sin tiempo a mitad de examen y lo entregamos sabiendo que fue no fue suficiente.

Lo más miserable son conscientes de que no se saben ninguna respuesta, y cada golpe de segundero les apuñala como una tortura inacabable.

Los más desgraciados de todos creen que se lo saben todo, y justo un segundo después de entregar caen en la cuenta de su error. Sin tiempo para cambiar lo que hicieron, sólo les quedan los remordimientos.

Sea una mala consciencia, la frustración que nos provoca no saber algo, o la tristeza derivada de las acciones que no nos dio tiempo a cometer; todos los seres humanos vivimos en una especie de cárcel. Una celda hecha con nuestros propios huesos.

Tal vez la vida no sea un examen. A lo mejor se parece más a una obra de teatro: para triunfar hay que romperse una pierna.